lunes, 2 de marzo de 2020

UN CUENTO AL PIE DE LA CARRODILLA


La cueva del francés

(Relato de la guerra de la independencia)
(Recuperado de la Hemeroteca Digital de España , de enero de 1908 y escrito por Mariano Turmo)

La cueva del francés

En un macizo rocoso que sirve de dique á las cristalinas aguas del Cinca, para impedir que las expansiones otoñales del río hagan la rasura de árboles y plantas en las risueñas huertas que se extienden á los pies de la Carrodilla, hay un agujero estrecho y profundo que se hunde en las entrañas de la peña, como si fuese labor titánica de gigantesco barreno.

Cuentan las viejas de la comarca, y algunas de ellas aseguran haber conocido á la protagonista del suceso, que en los tiempos de la invasión napoleónica, un soldado del ejército extranjero, por sobras de cansancio, por culpa del sueño ó acaso porque sus instintos rapíñescos le despertaran la tentación de quedarse siempre á la retaguardia con objeto de ejercer sus malas artes en los santuarios de la comarca, víóse de tal modo separado de sus compañeros de armas que fuéle imposible incorporarse á las filas, y tuvo que buscar un escondrijo donde, libre de las iras del paisanaje, que en aquellos tiempos corrían sueltas por caminos y poblados, esperar un momento oportuno para lucir de nuevo los fueros de invasor.

Al hombre vínole como pellejo á gato viejo el refugio del macizo ribereño del Cinca, y en él encerró los huesos, junto con la soldadesca impedimenta, que la componían algunas míseras vituallas y varios objetos procedentes de retablos y sacristías, llegados á los bolsillos del guerrero por obra y gracia de su desvergüenza para apoderarse de los bienes del prójimo.

Los comestibles acabaron pronto: es mal oficio el de la holganza para poner tasa y medida á los requerimientos del estómago; y como los murciélagos, únicos seres que disputaban al francés el derecho de habitación en sitio tan escondido y desapacible, estaban muy lejos de convertirse ni siquiera en consuelo del hambriento, tuvo éste que abandonar el riguroso incógnito en que vivía y hacer breves y nocturnas excursiones a las huertas próximas, en busca de los frescos manjares que cuelgan de los árboles y las sabrosas plantas que se arrastran por el suelo.

Quiso la mala suerte del francés que este, para disimular en caso de peligro su condición de extranjero odiado, se desprendiera del uniforme é hiciese las nocturnas excursiones sin más atavío que los blancos y no muy limpios calzoncillos, y quiso también que un cazurro, llevado á tal sitio y en tal hora por las exigencias del riego, contemplara, con la sorpresa que es de suponer, la maniobra del invasor

El huertano regresó al pueblo, dándose en las posaderas con los talones y gritando á pulmón lleno:

— i Un fantasma!, ¡un fantasma!

 El soldado, que, con un montón de hortaliza y frutas recolectadas en lo más florido de la huerta, creía tener resuelto en principio el difícil problema del hambre, dióse prisa á dejar toda aquella riqueza para no establecer relaciones con los inmensos trabucos que, en los linderos de la huerta, asomaban sus enormes bocazas dispuestas á tragarse á todos los gabachos existentes en la redondez de la tierra.

Cerrada de tal modo la despensa del francés, muy pronto padeció éste los horribles tormentos del hambre, que á creer á los que los han sufrido, dan quince y raya á los más espantosos é inhumanos; y como á los mandatos, imperativos del estómago no hay peligro que se oponga ni incógnito que se resista, el hombre decidióse á mostrar su aspecto esquelético á la luz del sol, fiado en que cuerpo tan mustio y deshecho movería la compasión antes que la ira en el mortal que lo contemplase.

Fue una niña, hija de labriegos, la que al llevar á sus padres el mísero condumio, tuvo el encuentro con el temido fantasma. La muchacha gritó; el hombre arrodillose; aquélla, al ver al fantasmón en tan humilde postura, notó que desaparecía buena parte del miedo que inspirole en el primer momento; el soldado, al descubrir en el rostro de la huertana las huellas de la compasión, acercose á la niña, y mientras con la mano izquierda hacía el ademán del hambre, entregábale con la derecha una brillante joya, espléndido pago de la doble deuda de pan y de silencio; más por lástima que por codicia aceptó la muchacha el trato, recibiendo la alhaja y entregando, en cambio, una parte del contenido del cesto; y esta escena repitióse días y días, aunque no en todos ellos la dádiva de la niña tuvo por correspondencia un regalo del hombre, pues para ser así necesitara el fugitivo habitar una mina de diamantes, no una cueva de murciélagos.

Pero sucedió que la huertana tenía novio; que el novio, como todos los mozos útiles, andaba metido en el berenjenal de la guerra con el francés, y que la muchacha, que encomendó á la Virgen del Socorro la defensa de sus amores, díjose que las joyas aquellas con que el agradecido pagaba los míseros dones de la cesta, influirían poderosamente en mover el ánimo de la Virgen para que tendiera su manto protector sobre el mozo guerrero. Como lo dijo, lo hizo; y los objetos que el fantasma ponía en manos de la labradora, tardaban en ir al retablo de la imagen el tiempo necesitado por la lugareña para hacer una breve visita á la Virgen de sus devociones.

Y no se crea que en las breves entrevistas de la moza y el soldadote hubo asomo siquiera de complacencia de parte de aquélla, por más que la mirase el hombre con ojos saltones, á los que se asomaban á la vez el gusto y el agradecimiento, pues aparte de que el francés, con su facha macilenta y su rostro escuálido, no podía suplantar en el corazón de la rapaza la figura varonil y el semblante risueño del mozo guerrillero, no estaba la honesta lugareña tan ayuna de las cosazas estupendas que ocurrían en el mundo, para que, por joya más ó menos, fuese á cometer acción tan villana como la de traicionar al mismo tiempo á su patria y á su amor. La rapaza iba al molesto abrigaño de la ribera porque allí, á cambio de mugriento zoquete y varias miseras piltrafas, alcanzaba cosa de más brillo y, sobre todo, de mayor provecho, con la que conseguir la benevolencia de la Virgen en beneficio del patriota destripaterrones que, por altozanos y hondonadas, dedicábase, trabuco en hombro y garrote en mano, á la peligrosa caza del gabacho. Un poco de piedad para los dolores del prójimo y un mucho de egoísmo para las propias cuitas: éstos eran los móviles de la peligrosa conducta de la caritativa huertana.

Pasó algún tiempo. Un día los habitantes de la comarca vieron con gozo y temor á la vez que las tropas enemigas, en actitud medrosa, desorganizadas, sin jactancias, con el mal humor del que se retira, con el silencio del que huye, tomaban el camino de la frontera, borrando con sus ligeros pasos, al marcharse, las huellas profundas impresas al invadir. El soldado escondido aprovechó la ocasión para unirse á los suyos, sin que á la presteza de la fuga se opusiera la remora de impedimenta alguna; y cuando la huertana, al llevar á sus padres la matinal bazofia, detúvose en el sitio de costumbre para hacer al fantasma la dádiva de un pedazo de pan negro y varias piltrafas de cualquier cosa de más aprecio y substancia, vio con sorpresa primero y con satisfacción más tarde que el extranjero no acudió á la cita.

Vuelto el país á la normalidad, pronto de boca en boca empezó á circular la especie de un milagro ocurrido en el santuario de la Virgen del Socorro. Fue el santero el propagador de la sorprendente nueva. El hombre presenció, oculto en un rincón de la iglesia, el saqueo del joyero de la Virgen, hecho por un soldadote con la torpe prisa del ladrón sacrílego; asustado ante la ruindad de la hazaña y temeroso de recibir la visita de otro guerrero desaprensivo, el guardián huyó, después de que el bandido con uniforme hubo puesto término á su nefanda obra; pero ¡cuál no fue la sorpresa del piadoso varón cuando, al regresar á su puesto, por haber desaparecido ya el peligro de la guerra, vieron sus ojos que todas las joyas arrebatadas á la prestigiosa imagen estaban cuidadosamente puestas en el retablo, como si una mano providencial hubiera hecho la restitución!

            Cuando la modesta zagala dióse cuenta, por la resonancia del suceso, del mérito de su piadosa acción, puso al cura del pueblo en autos de la verdad del caso; el presbítero, ni corto ni perezoso, subió al pulpito para pregonar á los cuatro vientos la historia de las joyas devueltas á la Virgen de manera tan prodigiosa; el vecindario trasladóse en masa al agujero de la ribera para descubrir las huellas del soldadote, y desde entonces el sitio llamado cueva del Moro fue conocido con el nombre de cueva del Francés.
(Dibujos de J Calderé)


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