MIGUELÉ, EL PASTELERO MÁGICO
Había una vez, en un pueblito llamado
Estadilla, un pastelero muy especial llamado Miguelé. Desde niño, Miguelé
sentía un amor enorme por los dulces. Todo comenzó en la casa Gambiasso, donde
ayudaba a hacer bizcochos y merengues. Su corazón latía más rápido cada vez que
veía el azúcar convertirse en algo delicioso.
Cuando Miguelé tenía trece años,
viajó a la ciudad de Huesca para aprender a ser un gran pastelero, marcho luego
a otro pueblo de Aragon y allí, entre harina y chocolate, Miguelé aprendió
todos los secretos de los dulces y trabajó durante quince años, convirtiéndose
en un verdadero maestro.
Pero Miguelé soñaba con regresar a su
pueblo. Así que un día volvió a Estadilla y, con la ayuda de su padre, abrió su
tienda y confitería en la Calle Mayor. Aunque el horno era grande y la tienda
pequeña, ¡la magia estaba en sus manos! Miguelé no necesitaba recetas escritas;
él recordaba cada pastel con el corazón.
Todos los días, Miguelé preparaba más
de cuarenta dulces diferentes: Pasteles borrachos que bailaban en la boca, Merengues
que flotaban como nubes, Lionesas de crema suaves y dulces, Yema, coco, huevo
hilado, y los tradicionales esponjaus que alegraban a grandes y
pequeños.
Miguelé siempre estaba acompañado por
su mujer, su compañera de vida y dulces aventuras. Juntos endulzaban el pueblo
con su cariño y sabor. Los habitantes de Estadilla esperaban cada mañana el
aroma que salía del obrador, y los niños se acercaban con los ojos brillantes
para elegir su pastel favorito.
Cada semana, Miguelé subía a la
Carrodilla con su cesta de dulces y un vasito de moscatel, repartiendo sonrisas
y alegría allá donde iba. Los pueblos cercanos también conocieron sus dulces
mágicos, y todos decían que “los dulces de Miguelé tenían corazón”.
Pasaron los años, y Miguelé siguió
trabajando con amor y dedicación, hasta que un día, después de cincuenta años
endulzando vidas, se despidió de su tienda. Pero los habitantes de Estadilla
sabían que Miguelé nunca se iría de verdad, porque cada pastel que comían
llevaba un poquito de su magia, y su recuerdo permanecía en los corazones de
todos.
Y así, la historia de Miguelé, el
pastelero mágico, se contó de generación en generación, enseñando que el amor,
la dedicación y un toque de azúcar pueden hacer feliz a todo un pueblo.

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