jueves, 19 de febrero de 2026

CUENTO HISTORICO " MIGUELÉ, EL PASTELERO MÁGICO "

 

MIGUELÉ, EL PASTELERO MÁGICO

 

Había una vez, en un pueblito llamado Estadilla, un pastelero muy especial llamado Miguelé. Desde niño, Miguelé sentía un amor enorme por los dulces. Todo comenzó en la casa Gambiasso, donde ayudaba a hacer bizcochos y merengues. Su corazón latía más rápido cada vez que veía el azúcar convertirse en algo delicioso.

Cuando Miguelé tenía trece años, viajó a la ciudad de Huesca para aprender a ser un gran pastelero, marcho luego a otro pueblo de Aragon y allí, entre harina y chocolate, Miguelé aprendió todos los secretos de los dulces y trabajó durante quince años, convirtiéndose en un verdadero maestro.

Pero Miguelé soñaba con regresar a su pueblo. Así que un día volvió a Estadilla y, con la ayuda de su padre, abrió su tienda y confitería en la Calle Mayor. Aunque el horno era grande y la tienda pequeña, ¡la magia estaba en sus manos! Miguelé no necesitaba recetas escritas; él recordaba cada pastel con el corazón.

Todos los días, Miguelé preparaba más de cuarenta dulces diferentes: Pasteles borrachos que bailaban en la boca, Merengues que flotaban como nubes, Lionesas de crema suaves y dulces, Yema, coco, huevo hilado, y los tradicionales esponjaus que alegraban a grandes y pequeños.

Miguelé siempre estaba acompañado por su mujer, su compañera de vida y dulces aventuras. Juntos endulzaban el pueblo con su cariño y sabor. Los habitantes de Estadilla esperaban cada mañana el aroma que salía del obrador, y los niños se acercaban con los ojos brillantes para elegir su pastel favorito.

Cada semana, Miguelé subía a la Carrodilla con su cesta de dulces y un vasito de moscatel, repartiendo sonrisas y alegría allá donde iba. Los pueblos cercanos también conocieron sus dulces mágicos, y todos decían que “los dulces de Miguelé tenían corazón”.

Pasaron los años, y Miguelé siguió trabajando con amor y dedicación, hasta que un día, después de cincuenta años endulzando vidas, se despidió de su tienda. Pero los habitantes de Estadilla sabían que Miguelé nunca se iría de verdad, porque cada pastel que comían llevaba un poquito de su magia, y su recuerdo permanecía en los corazones de todos.

Y así, la historia de Miguelé, el pastelero mágico, se contó de generación en generación, enseñando que el amor, la dedicación y un toque de azúcar pueden hacer feliz a todo un pueblo.




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