EL PASTOR DE ESTADILLA Y SU REBAÑO
VIAJERO
Había una vez, en un pequeño pueblo
llamado Estadilla, un pastor muy valiente que cuidaba de sus ovejas y cabras
con mucho amor. Su familia había sido pastores durante cuatro generaciones, y
él había aprendido desde pequeño a caminar por los valles y montañas del
Pirineo.
Cada amanecer, con el cayado en la
mano, el pastor salía con su rebaño, recorriendo caminos donde el viento
soplaba fuerte y la nieve a veces cubría las piedras. A pesar del frío y de las
noches bajo el cielo estrellado, él nunca estaba solo, porque sus ovejas y
cabras eran sus compañeras fieles.
—¡Vamos, pequeñas! —les decía—. Hoy
descubriremos nuevos pastos.
El pastor conocía todos los secretos
de la montaña: dónde encontrar la hierba más jugosa, cómo proteger a los
animales de la lluvia y la nieve, y cómo escuchar los sonidos del viento para
saber si venía tormenta. Cada paso era una lección, y cada día, una aventura.
Un día, mientras el rebaño subía por
un valle empinado, un rayo cayó cerca y algunos animales se asustaron. Pero el
pastor, con calma y cariño, los tranquilizó:
—No pasa nada, estamos juntos —les
dijo—. Siempre cuidaremos unos de otros.
Con los años, su dedicación y
esfuerzo fueron reconocidos. En una ceremonia especial le entregaron el “Cayado
de Honor”, un bastón tallado a mano que simbolizaba la tradición de su oficio y
la historia de generaciones de pastores.
—Este cayado es para ti, porque tu
vida ha sido un regalo para la montaña y los animales —le dijeron.
El pastor sonrió y pensó en su
abuelo, en sus padres y en sus hijos.
Sabía que, aunque el pastoreo hoy era
más difícil que antes, la tradición no se perdería. Mientras él enseñara a
cuidar el rebaño con amor, el espíritu de la trashumancia seguiría vivo.
Cada día, al amanecer, el pastor de
Estadilla y su rebaño continuaban caminando por valles y montañas, con el
corazón lleno de fuerza y esperanza. Y así, generación tras generación, la
montaña y los animales siempre tendrían un amigo fiel.

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