JOSÉ SARRAMONA Y EL SECRETO DEL
BARRANCO
Hace muchos años, en el pueblo de
Estadilla, vivía un campesino bueno y trabajador llamado José Sarramona.
Cada día, José cuidaba los huertos
con paciencia y alegría. Cuando terminaba de trabajar, le gustaba pasear por su
lugar preferido: el barranco de los Huertos, por donde corría tranquila el agua
de la fuente de los Doce Caños.
En sus paseos nunca estaba solo. Le
acompañaban los petirrojos, los ruiseñores, con su canto melodioso, y una
ardilla roja que saltaba de árbol en árbol.
—Qué bonito es este lugar —decía José
mientras escuchaba la naturaleza.
Un día, mientras caminaba, José notó
un olor muy especial. No era fuerte ni desagradable, pero sí muy conocido.
—Este olor me resulta familiar…
—pensó.
Siguió el camino guiado por su olfato
hasta encontrar un manantial de aguas sulfurosas. El agua era clara y
tranquila, sin burbujas ni vapor, pero aquel olor le recordó un sitio donde
había estado tiempo atrás, un lugar donde esas aguas curaban enfermedades.
José comprendió que había descubierto
algo importante. Volvió al pueblo y avisó a los vecinos y a los dueños del
lugar. Todos se alegraron y decidieron construir allí un balneario.
Con el paso del tiempo, llegaron
personas de muchos lugares:
de Aragón, de Cataluña e incluso de Madrid. Venían a bañarse en aquellas aguas
y muchos se marchaban sintiéndose mejor y más felices. El balneario se
convirtió en uno de los más visitados de la región.
Los años pasaron y, aunque el
balneario ya no existe, el barranco sigue vivo. El agua continúa su camino
entre las piedras y los árboles.
Ahora son los niños de Estadilla los
que pasean por allí con sus padres, escuchando a los pájaros y observando a la
ardilla roja correr entre las ramas.
Los petirrojos, los ruiseñores y la
ardilla siguen allí… y aunque el balneario desapareció, todos ellos todavía
recuerdan y echan de menos a José Sarramona, el campesino que supo escuchar a
la naturaleza
y descubrir su secreto.

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