Con este blog de Pepe Baron Hidalgo y la colaboración del grupo de Historia de Estadilla de la Sociedad L´Aurora, queremos dar a conocer sus
historias, calles, plazas, edificios singulares, rincones, personajes relevantes, su entorno natural, anécdotas, exposiciones, sus fiestas, etc. etc.
Una curiosidad de la prensa local de junio de 1987
En junio de
1987, la localidad de Estadilla volvió a aparecer en la prensa por un hecho
curioso y anecdótico: un licor con ingredientes poco convencionales que
sorprendió incluso a políticos en campaña.
Según la
información publicada en el diario Diario del Altoaragón el 6 de
junio de 1987, el candidato número uno a las elecciones autonómicas por Huesca,
acompañado de su equipo, fue invitado a una bodega local. Allí descubrieron
que, en el fondo de una de las botellas, se encontraba una especie de pequeña
culebrilla. Los propietarios explicaron que este ingrediente daba sabor y
poseía propiedades afrodisíacas.
El artículo
comparaba este licor con otra bebida que había sido “aliñada con
salamanquesas”, lo que añade un matiz aún más curioso al relato. A pesar de la
sorpresa inicial, los visitantes probaron las bebidas con tranquilidad y
moderación, demostrando que en campaña política, incluso ante curiosidades
gastronómicas, la prudencia es fundamental.
Este hecho,
aunque anecdótico, refleja cómo ciertas tradiciones y curiosidades locales
quedaban registradas en la prensa de la época, ofreciendo hoy un testimonio
histórico de la vida cotidiana en pequeños pueblos aragoneses durante los años
80.
Fuente: Diario del Altoaragón, 6 de junio de 1987.
Adaptado con fines culturales e históricos.
El dibujo es idea del autor y ha sido realizado por ChatGPT
A comienzos del siglo XX, la filoxera representó una de las mayores amenazas para la agricultura aragonesa y, en particular, para los municipios donde el viñedo constituía una base esencial de la economía local. En Estadilla, esta crisis encontró una respuesta temprana y comprometida en la figura de don Manuel Ferrando, agricultor y alcalde de la villa, cuya actuación revela un profundo conocimiento de la tierra y una clara preocupación por el futuro del cultivo de la vid.
La implicación de Manuel Ferrando en los problemas vitícolas queda documentada ya en la primavera de 1902. El 6 de mayo de ese año, el Heraldo de Aragón recogía una consulta formulada por Ferrando desde Estadilla en el consultorio agrícola de Falez, Agelet y Compañía, en la que solicitaba asesoramiento técnico sobre la conveniencia de plantar vid americana o cepas híbridas para la reconstitución del viñedo tras la filoxera. El informe que recibió, firmado por Santiago Corella, analizaba con detalle la composición silíceo-calcárea de las tierras y exponía, con referencias a la experiencia francesa y catalana, las limitaciones del injerto sobre vid americana, sus elevados costes, la aparición de enfermedades criptogámicas y el progresivo agotamiento de las cepas. La respuesta, dirigida a una persona descrita como “discreta y culta”, muestra que Ferrando era considerado un interlocutor informado y respetado en los círculos técnicos agrarios.
Pocos meses después, su papel fue aún más decisivo desde el ámbito institucional. El Diario de Huesca del 17 de octubre de 1902 informaba de que el alcalde de Estadilla, Manuel Ferrando, había remitido al Gobernador Civil de la provincia varias cepas sospechosas de estar afectadas por filoxera para su reconocimiento oficial por el Servicio Agronómico. A raíz de esta iniciativa, se ordenó una inspección técnica del término municipal, realizada por un ayudante del Ingeniero Agrónomo provincial. El resultado fue concluyente: todo el viñedo de Estadilla se hallaba afectado por la plaga, constatándose que llevaba ya dos o tres años causando graves estragos. La actuación de Ferrando permitió que la situación fuera conocida oficialmente por la autoridad provincial, paso imprescindible para que los viticultores pudieran aspirar a la declaración formal de filoxera y acometer la replantación de los viñedos con vides resistentes.
La preocupación de Manuel Ferrando por la agricultura y la viticultura no se limitó a los años de la crisis inicial. En 1906, el Heraldo de Aragón volvía a mencionarlo con motivo de la inauguración de la escuela práctica de injertadores en la Granja agrícola. En la crónica publicada el 18 de abril, Ferrando aparece entre los propietarios y agricultores que asistieron a las sesiones prácticas, junto a viticultores de distintos puntos de la provincia, lo que confirma su interés continuado por la formación técnica y la aplicación de nuevos métodos para la reconstrucción del viñedo.
El recorrido de estas noticias permite trazar el perfil de Manuel Ferrando como una figura clave en la historia agraria de Estadilla: un hombre profundamente vinculado a la tierra, atento a los avances científicos de su tiempo y consciente de la importancia de actuar tanto desde la responsabilidad pública como desde el compromiso personal con el campo. Su labor refleja una forma moderna y anticipada de afrontar las crisis agrícolas, basada en el conocimiento, la cooperación y la defensa del interés colectivo.
Fuentes:Heraldo de Aragón (6 de mayo de 1902 y 18 de abril de 1906), Diario de Huesca (17 de octubre de 1902).
Hace muchos años, en aquel pueblo, existía una tradición muy especial por Santa Águeda. Las mujeres que iban a cobrar por las casas eran valientes: subían al campanario a tocar las campanas, mientras las niñas del colegio las miraban fascinadas desde abajo.
Cuando las niñas salían de clase, corrían directas al campanario, porque sabían que allí estaban las mujeres tocando la campana de los mortijuelos. Esa campana, la más antigua y pesada, se hacía sonar tirando de una cuerda, y con paciencia, las mujeres dejaban que ellas también la tocaran. Era un honor, y al mismo tiempo, un pequeño desafío.
Una niña de unos once o doce años recuerda la primera vez que subió al campanario con sus amigas. El corazón le latía con fuerza: el último tramo de escaleras era de madera y estaba muy deteriorado. Mirar hacia abajo suponía un verdadero reto, y el miedo se mezclaba con la emoción. Subía a veces con su tía, que era muy atrevida y la animaba a seguir, aunque las escaleras imponían respeto.
Antes, las mujeres pasaban por las casas cobrando montadas en un burro adornado con cintas y campanillas. Muchos recuerdos se acumulan en aquel campanario: cada tabla de madera, cada campana, cada cuerda que las niñas tiraban con cuidado.
La niña también subía gracias a la amistad con Ascensión, la hija del campanero. Había un tramo sin pasamanos, solo la pared a la que había que agarrarse. Mirar hacia abajo era un vértigo que hacía sentir pequeñas y valientes a la vez. Eran inconscientes, niñas con poca cabeza, pero llenas de aventuras y de risas.
Hoy, aquel campanario ya no existe. Hay uno nuevo, más seguro, y las mujeres ya no suben a tocar las campanas. Sin embargo, aquellas niñas que subían al campanario son hoy mujeres que todavía conservan en la memoria el recuerdo de cuando sonaban las campanas y la emoción de aquel lugar.
Imagen: idea original del autor, ilustración desarrollada con ayuda de ChatGPT.
En lo alto del Alto Aragón, entre los valles de la Ribagorza Alta y las cumbres de Sobrarbe, la vida del pastor ha marcado generaciones. Allí, Antonio Amat Alós, de Estadilla, se convirtió en un ejemplo viviente de la trashumancia y el pastoralismo, oficios que su familia ha mantenido durante cuatro generaciones. En 1999, durante la III Jornada de Pastoralismo y Trashumancia en Barbastro, organizada con motivo del Salón de Ecología y Medio Ambiente (SENDA), Antonio recibió el “Cayado de Honor” como “Ganadero trashumante 1999” (Diario del AltoAragón, 9 de octubre de 1999).
El galardón reconocía no solo su trayectoria, sino también la continuidad de un oficio en regresión, lleno de historia y de esfuerzo.
Durante más de veintitrés años, Antonio recorrió la montaña con sus rebaños de ovejas y cabras, viviendo meses enteros lejos de casa. Dormir al raso o en cabañas sin comodidades se convirtió en rutina. La dureza del clima, la soledad y las largas jornadas fortalecieron sus manos y su carácter. Sin embargo, su pasión y vocación nunca flaquearon: el pastoralismo era más que un trabajo, era una tradición familiar que él había abrazado desde la cuna (Diario del AltoAragón, 17 de octubre de 1999).
A pesar de su entrega, la vida del pastor no ofrecía lujos. Los precios del mercado apenas cubrían los gastos, y mantener el ganado era costoso. Antonio se encargaba de todo: preparar la comida, curar las ovejas y recorrer los pastos con sus hijos siguiendo la tradición familiar. Para él, recibir el Cayado de Honor, tallado en madera de almez por el artesano Antonio Castillo en Moliniás, era un reconocimiento a toda una vida dedicada al oficio, más que un premio económico.
Pero la montaña no perdona. Antonio vivió situaciones extremas que muestran la dureza de la trashumancia: un año, un rayo alcanzó a un compañero y lo mató, mientras trescientas ovejas bajo su cuidado murieron. A pesar de estas tragedias, su compromiso con la tradición nunca se quebró. Sabía que desde fuera, muchos turistas imaginaban la vida del pastor como idílica, sin comprender la realidad de piedras, niebla, frío y esfuerzo constante. Cada día quedaban menos pastores capaces de subir al puerto, y Antonio entendía que la supervivencia del oficio dependía del apoyo institucional y del interés por mantener viva esta herencia (Diario del AltoAragón, 17 de octubre de 1999).
Antonio Amat encarnó la tradición, la resistencia y la pasión del pastoralismo aragonés. Su vida fue un testimonio de lo que significa dedicar años a un oficio que modela el paisaje, conserva la montaña y transmite cultura. Con el Cayado de Honor en la mano y un legado que permanece vivo en sus hijos, Antonio deja una historia de esfuerzo, vocación y amor por la montaña, recordando que sin reconocimiento y apoyo, estas páginas de la historia del Alto Aragón podrían cerrarse para siempre.
Estada, 7 de mayo de 1897 – Las huertas de Estadilla, al igual que las de Estada, son reconocidas desde tiempo inmemorial por la exquisitez de sus frutas y verduras, que encuentran gran acogida en los mercados de Barbastro, Graus y Benabarre. La tierra, de excelente calidad, se cultiva con esmero, buscando un rendimiento que compense el trabajo y el arriendo, que en la época fluctúa entre siete y nueve duros por fanega. La propiedad de la tierra está poco dividida, mientras que los colonos son numerosos, reflejo de una comunidad agrícola activa y organizada.
En la localidad también se producen aceite, vino y cereales, siendo la cosecha de aceite de importancia relativa en los años favorables. Sin embargo, la prosperidad de las huertas se ve amenazada por la fuerza del río Cinca, cuyas frecuentes avenidas han reducido a la mitad la extensión cultivable en los últimos treinta años. Los expertos locales advierten que, si no se construyen obras de defensa, la vida de los braceros (trabajadores manuales del campo) podría volverse insostenible, y la emigración se convertiría en un fenómeno inevitable, especialmente si los regadíos de pueblos vecinos empiezan a competir en la producción de hortalizas y verduras.
No obstante, la vida en el campo también estaba marcada por riesgos y tragedias. Recientemente se confirmó la muerte por ahogamiento del joven Manuel Sin, cuyo cadáver fue arrastrado por la corriente hasta el molino harinero de Enate, recordando a la comunidad la fuerza implacable del río que ha moldeado tanto su economía como su vida cotidiana.
En conjunto, Estadilla a finales del siglo XIX era un ejemplo de vida rural pujante y trabajadora, enfrentando los desafíos de la naturaleza y la economía, y mostrando la estrecha relación entre su huerta, el río Cinca y la supervivencia de su comunidad.
Joaquín Peyrón y Bardají y la quiebra del compañerismo farmacéutico en el Somontano (1870)
En el otoño de 1870, el nombre de Joaquín Peyrón y Bardají, farmacéutico recientemente establecido en la villa de Estadilla (Huesca), irrumpió con fuerza en las páginas de La Farmacia Española, convertido en símbolo de una de las tensiones más profundas que sacudían entonces a la profesión farmacéutica rural: la pugna entre la supervivencia económica individual y la moral colectiva del oficio.
La llegada a Estadilla y el estallido del conflicto
Estadilla era una población modesta, de unos 440 fuegos, que históricamente había sostenido una sola farmacia, y aun así con grandes dificultades. Sin embargo, en 1870 coexistían ya dos farmacéuticos, repartiendo entre ambos unas igualas —el sistema tradicional de contratación anual por vecino— que ascendían a unos 6.000 reales vellón. Este equilibrio precario se rompió cuando Peyrón, recién llegado, optó por una estrategia que sus colegas consideraron intolerable.
Según la denuncia publicada el 23 de septiembre de 1870, Peyrón mandó hacer pregones públicos anunciando que igualaría a los vecinos a un precio inferior al que cobraban los farmacéuticos ya establecidos. No se trataba de una rebaja puntual, sino de una campaña organizada que afectaba a varias localidades:
En Estadilla, ofrecía igualas dos reales más baratas por vecino.
En el anejo de Estada, la rebaja alcanzaba los cuatro reales por vecino.
En Fonz, prometía igualar por dos reales menos que lo que pagaban los vecinos a Tomás Fontseré, farmacéutico que llevaba años atendiendo la localidad desde Azanuy.
Esta política de precios fue interpretada no como una legítima competencia, sino como un ataque frontal a la estabilidad económica de la profesión en la comarca.
La acusación de inmoralidad profesional
La reacción no se hizo esperar. En octubre del mismo año, Tomás Fontseré tomó la palabra en el mismo periódico para denunciar públicamente lo que consideraba una conducta indigna. Para él, Peyrón encarnaba uno de los males más graves que aquejaban a la clase farmacéutica:
“El farmacéutico que se introduce en un pueblo para hacer partido, rebajando las igualas que los vecinos pagan a otros, merece el desprecio y desdén de toda la clase.”
Fontseré no discutía solo una cuestión económica, sino un principio moral: la obligación de los farmacéuticos de presentar un frente unido frente a la tendencia de los pueblos a reducir las ya escasas retribuciones. En este marco, la actuación de Peyrón era vista como una traición colectiva.
Peyrón, el conflicto y las acusaciones cruzadas
Lejos de limitarse al terreno económico, la polémica degeneró rápidamente en un enfrentamiento personal. Peyrón respondió en el número 41 del periódico —texto que Fontseré califica de “jeremíaco”— acusando a su adversario de proteger intrusos, de carecer de formación suficiente y de falsear la realidad de los hechos en Fonz.
Fontseré rechazó tajantemente estas acusaciones, afirmando que Peyrón mentía deliberadamente y que su verdadero objetivo era otro: impedir que Fonz pudiera sostener una farmacia propia, atrayendo a los vecinos hacia su establecimiento de Estadilla mediante rebajas temporales. Según esta interpretación, Peyrón no buscaba tanto servir a la población como monopolizar el servicio farmacéutico comarcal, aprovechándose incluso de la avanzada edad de su colega.
Una figura controvertida en un sistema frágil
Aunque los textos conservados no permiten conocer el desenlace final del conflicto, la figura de Joaquín Peyrón queda claramente perfilada como un personaje polémico, asociado a prácticas que muchos contemporáneos consideraron corrosivas para la profesión. Su nombre quedó vinculado a una forma de ejercer la farmacia basada en la agresividad comercial, en contraste con el ideal decimonónico del farmacéutico como servidor público, moralmente intachable y solidario con sus colegas.
Este episodio revela, más allá del individuo, la fragilidad del sistema sanitario rural del siglo XIX, donde unas pocas rebajas podían arruinar a un profesional y dejar a un pueblo entero sin botica. En ese contexto, Joaquín Peyrón y Bardají pasó a representar, para muchos de sus contemporáneos, no solo a un rival incómodo, sino a un síntoma de la descomposición del compañerismo farmacéutico bajo la presión económica y social de su tiempo.
Epílogo: la posible continuidad de Joaquín Peyrón en Estadilla
Un último dato documental permite esbozar una hipótesis sugerente sobre el desenlace vital y profesional de Joaquín Peyrón y Bardají. En los censos electorales de Estadilla correspondientes a los años 1890-1894 figura inscrito un farmacéutico llamado Joaquín Peirón Bardají, de 47 años de edad, domiciliado en la calle Romeo nº 8. Aunque no puede afirmarse con certeza absoluta que se trate de la misma persona, la coincidencia del nombre completo, la profesión, la localidad y la cronología hacen altamente probable que estemos ante el mismo farmacéutico que protagonizó la agria polémica de 1870.
De ser así, todo indica que Peyrón no solo logró mantenerse en Estadilla, sino que consolidó su posición durante décadas, sobreviviendo a las denuncias morales y a la oposición de sus colegas. Este dato parece reforzar la impresión, ya perceptible en los textos contemporáneos, de que su estrategia —tan criticada por romper el compañerismo profesional— pudo resultar finalmente eficaz. En un sistema frágil, marcado por el caciquismo local, la debilidad institucional y la precariedad económica del farmacéutico rural, no siempre triunfaban quienes defendían la ética colectiva, sino quienes supieron adaptarse —o imponerse— a las reglas reales del poder y del mercado.
Nota sobre el lenguaje y las fuentes
Conviene advertir que el lenguaje empleado en este artículo, en particular las expresiones de mayor dureza moral o personal, no ha sido introducido por el autor, sino que procede literalmente o por paráfrasis fiel de las publicaciones profesionales de la época —La Farmacia Española y La Farmacia Moderna. El vocabulario, el tono y las fórmulas retóricas reflejan el uso habitual del siglo XIX y comienzos del XX, así como la intensidad con que entonces se dirimían los conflictos profesionales en la prensa especializada. Su conservación responde a un criterio estrictamente histórico y documental, no a una valoración personal ni a la adopción de categorías o juicios ajenos al contexto en que fueron formulados.
Investigación y documentación: Autor Pepe Baron Hidalgo
Redacción asistida e ilustración: ChatGPT (OpenAI)
El suceso de Estadilla: un asesinato que conmocionó a la región
A principios del XX, según las crónicas de la época, la localidad de Estadilla, en la provincia de Huesca, fue escenario de un hecho trágico que conmocionó a sus habitantes y a las poblaciones vecinas. La víctima fue un sacerdote anciano, conocido como don Antonio Fraga —aunque en algunos reportes aparecía como Antonio Prado, lo que refleja la frecuencia de variaciones en los nombres de las noticias de la época—, cuyo asesinato generó alarma social y temor ante posibles nuevos ataques.
Según las crónicas enviadas desde Barbastro, el agresor, vecino del propio pueblo de Estadilla, se presentó en la casa rectoral con el pretexto de entregar o solicitar un documento. Una vez dentro, y sin mediar palabra, atacó al sacerdote con una aguja alpargatera, infligiéndole varios pinchazos (cinco, según algunas versiones) que resultaron mortales de manera inmediata.
Al percatarse del ataque, algunos vecinos acudieron en auxilio del párroco, pero también fueron brutalmente agredidos por el atacante. Tras el crimen, el agresor logró huir del lugar, provocando una alarma inmediata en la población y generando preocupación por la seguridad de los sacerdotes y la comunidad local.
El atacante fue finalmente detenido fuera de Estadilla, en la ciudad de Teruel. Durante su arresto, confesó que su intención no se limitaba al asesinato del sacerdote de Estadilla, sino que planeaba continuar con otros ataques contra miembros del clero. Estas declaraciones aumentaron el temor en la región y pusieron de relieve la gravedad del suceso y la necesidad de reforzar la seguridad en las localidades rurales.
El crimen de don Antonio Fraga no solo tuvo un impacto inmediato en la comunidad de Estadilla, sino que también se convirtió en un ejemplo de la inseguridad que podían vivir incluso los pueblos pequeños y aparentemente tranquilos. La violencia dirigida contra los sacerdotes, en un contexto social donde la Iglesia tenía un papel central en la vida comunitaria, generó alarma y discusión sobre la protección de figuras religiosas y sobre la vigilancia policial en zonas rurales.
Además, las variaciones en la noticia, como el cambio del nombre del sacerdote en diferentes crónicas, reflejan las limitaciones y la imprecisión de la comunicación informativa de la época, así como la rapidez con que los rumores podían difundirse.
El asesinato de don Antonio Fraga en Estadilla fue un hecho trágico que dejó una marca profunda en la memoria de la comunidad. Más allá de la brutalidad del ataque, el caso evidencia la vulnerabilidad de ciertos sectores sociales y la importancia de la precisión en la comunicación de sucesos graves. Hoy, la historia de este crimen sirve como recordatorio de la violencia que incluso los pueblos pequeños pueden experimentar y de la necesidad de registrar los hechos con rigor histórico.