EL KIOSCO DE MARIANO
Hace muchos, muchos años, en un
pueblo llamado Estadilla, había una plaza muy especial junto al Portal del Sol.
Allí los vecinos charlaban, los niños jugaban y el aroma del pan recién hecho
salía del horno cada mañana.
Un día de primavera, un vecino amable
y trabajador llamado Mariano tuvo una gran idea.
—¿Y si pongo un kiosco en la plaza?
—pensó—. Podría vender dulces, periódicos y refrescos para todos. Mariano no
quiso hacerlo sin permiso, así que fue al Ayuntamiento, donde se reunían las
personas que cuidaban del pueblo. Les contó su idea con ilusión y respeto.
Los concejales escucharon con
atención. Hablaron entre ellos y pensaron en lo mejor para todos.
—Nos gusta tu idea, Mariano —dijeron
al final—, pero el kiosco debe cumplir algunas normas. Mariano abrió bien los
oídos.
—El kiosco tendrá que ser pequeño y
movible, por si algún día cambiamos la plaza —explicaron—. También tendrás que
colocarlo donde nosotros digamos y pagar una pequeña cuota, como hacen los
demás vecinos.
Mariano sonrió.
—Me parece justo —respondió—. Lo haré
con gusto.
Y así fue. A los pocos días, el
kiosco se colocó frente al horno, y pronto se llenó de vida. Los niños
compraban caramelos, los mayores leían el periódico y todos saludaban a
Mariano, que siempre tenía una palabra amable.
—¡Buenos días, Rosa! —¡Hola, Juan!
¿Un refresco hoy?
El kiosco no era muy grande, ni muy
lujoso, pero era especial, porque había nacido del acuerdo, el respeto y las
ganas de ayudar al pueblo.
Muchos años después, aunque el kiosco
ya no esté, la historia de Mariano sigue viva. Porque cuando alguien tiene una
buena idea y la comparte pensando en los demás, deja una huella que no se
borra. Y si algún día paseas por el Portal del Sol, quizá puedas imaginar a
Mariano sonriendo desde su pequeño kiosco de madera, saludando a todos por su
nombre.

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