LA MONTIJA Y EL CUENTO DE TODOS LOS DÍAS
En una casa grande y un poco fría
vivían unos niños que esperaban con ilusión la mejor hora del día. No era la
hora del desayuno ni la de jugar…
Era la hora del cuento.
Todos los días, sin faltar ni uno,
cuando el reloj marcaba la tarde y el fuego empezaba a chisporrotear, aparecía
la Montija.
La Montija venía de un pueblo pequeño
y bonito llamado Estadilla, donde los campos eran verdes y el aire olía a pan
caliente. Tenía los ojos oscuros y brillantes como el café, una sonrisa enorme
y una voz que sonaba como si cantara.
—¡Venga, niños! —decía—. Hoy toca
cuento.
Y los niños corrían a sentarse cerca
del calor, porque sabían que la Montija nunca repetía el mismo cuento, aunque
siempre los contaba con el mismo amor.
A veces hablaba de bosques donde los
árboles susurraban secretos.
Otras veces, de adivinanzas que hacían pensar:
—Verde en el campo, negro en casa…
¿qué es?
—¡El carbón! —gritaban los niños,
dando palmadas.
Pero el cuento más especial era el
que la Montija contaba todos los días, al final.
Era el cuento de la Virgen de la
Carrodilla, la protectora de su pueblo.
—En Estadilla —decía la Montija
bajito— hay una Virgen que cuida a la gente, a los campos y a los niños. Ella
escucha a quien cuenta historias y protege a quien sabe compartirlas.
Los niños imaginaban a la Virgen
sonriendo desde lo alto, cuidando a la Montija mientras caminaba por los
caminos, y cuidándolos a ellos mientras escuchaban.
Cuando el cuento terminaba, nadie
hablaba. No hacía falta.
Porque los cuentos de la Montija no
solo se oían… se quedaban en el corazón.
Y así, día tras día, todos los días,
la Montija siguió contando cuentos, hasta que los niños crecieron. Pero aun de
mayores, cuando recordaban el calor del fuego y una voz dulce diciendo “Érase
una vez…”, sabían que ese recuerdo venía de ella.
De la Montija,
de Estadilla,
y del cuento que nunca se olvidó.

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