EL MILAGRO DE LA MULA EN ECUADOR
El padre Matías Buil, natural de Estadilla, ejercía como párroco en la localidad de Pan, en Ecuador. La gente del lugar lo tenía por un hombre santo, de vida sencilla y profunda fe. Decían que allí por donde pasaba dejaba huellas invisibles, hechas de consuelo y caridad.
En los campos cercanos vivía una mujer de antiguo linaje, alta y distinguida, que con el paso de los años había visto desaparecer su fortuna, su familia y sus criados. Nunca se casó y terminó quedándose sola, acompañada únicamente por una mula que se volvió el sostén de su vida. Con ella viajaba a sus pequeñas tierras, hacía compras, visitaba conocidos y, sobre todo, acudía cada domingo a misa en Pan.
Aquel día, como de costumbre, la mujer llegó al pueblo montada en su inseparable compañera. Al desmontar frente a la posada donde solía alojarse, la mula se agitó de pronto, dio un último resuello y cayó muerta. La mujer se arrojó sobre el animal, lo abrazó entre lágrimas y gritó desesperada que había perdido el apoyo de su vejez. La impresión fue tan grande que cayó desmayada.
Al ver la escena, fueron a buscar al padre Matías Buil con urgencia. Él acudió de inmediato. Cuando se disponía a asistir a la mujer, ella recobró el sentido y, con voz angustiada, le suplicó que no pensara en ella, sino en la mula, pues sin el animal no deseaba seguir viviendo. Los presentes confirmaron que la mula estaba muerta y rogaron al sacerdote que intercediera.
El padre suspiró con humildad y dijo que haría solo lo que Dios permitiera. Invitó a rezar con fe, pidió un trozo de panela y dio la bendición. Entonces, ante el asombro de todos, la mula abrió los ojos. El padre se inclinó, le mostró la panela y le habló con sencillez. Poco después, el animal se puso en pie, vivo nuevamente.
La mujer abrazó a su mula llorando de alegría. El padre, con una sonrisa discreta, comentó en voz baja que aquella escena parecía sacada de una antigua historia de caballería, y pidió que tanto la mujer como el animal fueran atendidos con alimento y descanso.
Después de la misa, la mujer se acercó al padre Matías Buil, le agradeció profundamente y le contó las dificultades de su vida. Desde entonces, se supo que el sacerdote la ayudó siempre con caridad discreta, sin alardes, como quien entiende que los verdaderos milagros no siempre terminan cuando el prodigio ocurre, sino cuando comienza la compasión.
Así quedó grabada en Pan la historia de la mujer y su mula, y el recuerdo de un sacerdote venido de Estadilla, cuya fe sencilla dejó una huella imborrable
No hay comentarios:
Publicar un comentario