jueves, 19 de febrero de 2026

CUENTO HISTORICO "LA CORONETA VIAJERA"

 

LA CORONETA VIAJERA

Érase una vez, en un pueblo llamado Estadilla, que había una piedra pequeña muy especial.

No brillaba ni hacía ruido, pero todos sabían que era mágica. La llamaban la coroneta. La gente decía que la coroneta protegía a quien la llevaba consigo.

Un día, un hombre del pueblo tuvo que viajar muy lejos, hasta un país llamado Cuba.

Antes de marcharse, guardó la coroneta en su mochila.

—Cuídame durante el viaje —le dijo.

La coroneta cruzó el mar en barco y recorrió muchos caminos.
Estuvo siempre junto a su dueño y, gracias a ella, el hombre regresó sano y salvo a casa.

Cuando volvió a Estadilla, le dio la coroneta a su hija.

—Ahora te protegerá a ti —le dijo con cariño.

La hija se fue a vivir a Barcelona, y la coroneta volvió a viajar. Allí pasó muchos años cuidando de la familia.

Más tarde, una mujer de la familia se casó y se fue a vivir muy lejos, hasta Perú.

Antes de irse, le entregaron la coroneta.

—Llévala contigo, te cuidará —le dijeron.

Y la coroneta volvió a cruzar el océano. Viajó por países lejanos y recorrió miles de kilómetros. Después de mucho tiempo, la coroneta regresó de nuevo a España, feliz por haber protegido a todas las personas que la llevaron. Y así, esta pequeña piedra se convirtió en una gran viajera, casi capaz de dar la vuelta al mundo.

Hoy se encuentra en nuestro pueblo





CUENTO HISTORICO "EL KIOSCO DE MARIANO"

 

EL KIOSCO DE MARIANO

Hace muchos, muchos años, en un pueblo llamado Estadilla, había una plaza muy especial junto al Portal del Sol. Allí los vecinos charlaban, los niños jugaban y el aroma del pan recién hecho salía del horno cada mañana.

Un día de primavera, un vecino amable y trabajador llamado Mariano tuvo una gran idea.

—¿Y si pongo un kiosco en la plaza? —pensó—. Podría vender dulces, periódicos y refrescos para todos. Mariano no quiso hacerlo sin permiso, así que fue al Ayuntamiento, donde se reunían las personas que cuidaban del pueblo. Les contó su idea con ilusión y respeto.

Los concejales escucharon con atención. Hablaron entre ellos y pensaron en lo mejor para todos.

—Nos gusta tu idea, Mariano —dijeron al final—, pero el kiosco debe cumplir algunas normas. Mariano abrió bien los oídos.

—El kiosco tendrá que ser pequeño y movible, por si algún día cambiamos la plaza —explicaron—. También tendrás que colocarlo donde nosotros digamos y pagar una pequeña cuota, como hacen los demás vecinos.

Mariano sonrió.

—Me parece justo —respondió—. Lo haré con gusto.

Y así fue. A los pocos días, el kiosco se colocó frente al horno, y pronto se llenó de vida. Los niños compraban caramelos, los mayores leían el periódico y todos saludaban a Mariano, que siempre tenía una palabra amable.

—¡Buenos días, Rosa! —¡Hola, Juan! ¿Un refresco hoy?

El kiosco no era muy grande, ni muy lujoso, pero era especial, porque había nacido del acuerdo, el respeto y las ganas de ayudar al pueblo.

Muchos años después, aunque el kiosco ya no esté, la historia de Mariano sigue viva. Porque cuando alguien tiene una buena idea y la comparte pensando en los demás, deja una huella que no se borra. Y si algún día paseas por el Portal del Sol, quizá puedas imaginar a Mariano sonriendo desde su pequeño kiosco de madera, saludando a todos por su nombre.




 


CUENTO HISTORICO "ANTONIO Y LA FRAGATA MÁGICA"

 

ANTONIO Y LA FRAGATA MÁGICA

 

Había una vez un niño de un pequeño pueblo llamado Estadilla. Se llamaba Antonio Abbad y soñaba con los barcos y los mares lejanos.

Cuando creció, Antonio se hizo marinero y subió a la fragata “Santa Gertrudis”, un barco enorme que lo llevaría a aventuras increíbles. Su misión era escribir un diario de todo lo que pasaba en el barco: tormentas, olas gigantes, islas misteriosas y barcos extraños que encontraban en el mar.

Antonio navegó desde Cádiz hasta América, pasando por Montevideo, Lima y Acapulco. Vieron nieve, hielo y hasta barcos con banderas sospechosas. En Acapulco ayudaron a marineros enfermos y siguieron su viaje con valentía.

Durante su viaje, Antonio también descubrió y corrigió mapas de islas que nadie había dibujado bien antes. Aunque el escorbuto y los insectos molestaban a la tripulación, Antonio siempre escribía la verdad en su diario.

Antonio Abbad vivió muchas aventuras, enfrentó peligros y ayudó a que el mundo conociera mejor los mares. Y aunque ya no está, su diario nos recuerda que con curiosidad y valentía cualquiera puede vivir grandes aventuras.




 


CUENTO HISTORICO " EL PUENTE DE FRAY ÍÑIGO"

 

EL PUENTE DE FRAY ÍÑIGO

 

Hace muchos años, en el pueblo de Coamo en Puerto Rico, la gente quería recordar a un hombre de Estadilla muy especial, llamado Fray Íñigo Abbad y Lasierra. Íñigo no era un héroe que luchaba con espadas, sino un hombre curioso y sabio que viajaba por la isla para aprender y contar historias de su gente.

Los habitantes de Coamo decidieron construir un puente sobre el río brillante, no solo para cruzarlo, sino para honrar a Fray Íñigo y todo lo que había enseñado. Lo llamaron Puente Padre Íñigo, y lo hicieron de hierro fuerte para que durara muchos años.

Cada día, niños y adultos cruzaban el puente y sentían que cada paso era un recuerdo de historias y aventuras. Íñigo les había enseñado que escuchar, aprender y cuidar a los demás era tan importante como cualquier otra hazaña.

Así, el puente se convirtió en un símbolo de memoria y amistad, un lugar donde el pasado y el presente se encontraban, y donde todos podían imaginar las historias de quienes vivieron antes.

Y todavía hoy, cuando alguien cruza el Puente de Fray Íñigo, puede sentir que cada paso conecta con la historia de Puerto Rico y con la sabiduría de un hombre que amaba aprender y contar historias.




 


CUENTO HISTORICO " EL HEROE OLVIDADO"

 

El Héroe que Descansó Bajo la Iglesia

Hace mucho, mucho tiempo, en un pueblito llamado Estadilla, vivía una mujer llamada Petronila. Tenía una gran casa con un balcón que miraba la plaza del Ayuntamiento. Era una casa especial, porque antes había sido de otra familia, y ahora ella la cuidaba con mucho cariño.

Un día, llegó al pueblo un hombre valiente llamado José de Sangenis. No había nacido en Estadilla, sino en un lugar llamado Albelda, y había vivido muchas aventuras. José había sido soldado y héroe, y había defendido ciudades enteras en guerras muy grandes. ¡Hasta había sido prisionero en Francia! Pero ahora venía a Estadilla con un corazón cansado de luchar… y listo para casarse con Petronila.

José y Petronila se casaron en 1826. La gente del pueblo los miraba con alegría, porque juntos hacían un hogar lleno de historias y risas. José contaba sus aventuras de la guerra, y a veces Petronila lo escuchaba con los ojos abiertos de asombro, imaginando los caballos, los cañones y los grandes castillos que él había visto.

Pero la vida tiene sus misterios. Solo dos años después, José murió. Todos en Estadilla lloraron, porque aquel hombre que había venido de tan lejos a su pueblo había dejado su corazón allí. Fue enterrado en la iglesia del pueblo, en un lugar muy especial: la sepultura de su propia casa, junto a Petronila.

Con los años, la iglesia se derrumbó y se reconstruyó. Nadie sabe exactamente dónde quedó su tumba, pero se dice que José todavía descansa bajo los pies de la nueva iglesia, escuchando los cantos y pasos de quienes entran a rezar o a jugar.

Así, aunque la historia de José de Sangenis y Torres no está escrita en grandes monumentos, los niños del pueblo siempre pueden imaginarlo: un héroe valiente y amable, que vino de la guerra para vivir junto a Petronila y sigue cuidando Estadilla desde su descanso secreto bajo la iglesia.

Y cada vez que alguien pisa el suelo de la iglesia, quizá sienten un poquito de su valentía, como un guiño de un héroe que nunca se olvida.





CUENTO HISTORICO " LAS AGUEDAS Y EL CAMPANARIO"

 

LAS AGUEDAS Y EL CAMPANARIO

 

 

Hace muchos años, en el pueblo se celebraba Santa Águeda con una tradición especial: las mujeres subían al campanario a tocar las campanas mientras las niñas del colegio las observaban con admiración. Al salir de clase, las niñas corrían a subir con ellas y, pese al miedo que daban las viejas escaleras de madera, vivían la experiencia con ilusión y valentía, ayudadas por familiares y amigas. Las mujeres también recorrían las casas cobrando montadas en un burro adornado. Hoy el antiguo campanario ya no existe, pero aquellas niñas son ahora mujeres que guardan con emoción el recuerdo de las campanas y de una tradición inolvidable.




CUENTO HISTORICO " LA CARRERA DE GALLOS"

 

LA CARRERA DE GALLOS

 

Hace muchos, muchos años, en el pueblo de Estadilla, había una olivera muy especial. Era una olivera grande y fuerte, que crecía tranquila junto al camino de tierra que llevaba al pueblo.

Un día, los vecinos tuvieron una idea muy divertida: organizar una gran carrera a pie.

Los corredores eran personas adultas del pueblo, hombres fuertes y rápidos, que entrenaban mucho caminando y corriendo por los caminos. La carrera empezaba junto a la olivera y seguía por un camino polvoriento, donde los pies levantaban nubes de polvo mientras corrían.

El camino llevaba hasta el pueblo, hasta llegar al Portal del Sol, donde estaba la meta. Allí mismo le esperaban todos los habitantes animándolos

¿Y cuál era el premio?¡Un gallo!

El gallo esperaba vivos y tranquilos en la meta. Eran el premio para el corredor que llegara primero. Por eso, desde entonces, la olivera se llamó la Olivera de los Gallos.

Hoy la carrera ya no se celebra, pero la olivera sigue en su sitio, cuidando la historia del pueblo y recordándonos cómo se divertían antes, cuando correr era una fiesta y todo el pueblo se reunía para mirar y animar.

Y ahora, los gallos…mejor que sigan felices, y que el premio sea el aplauso y la alegría de correr juntos.



 


CUENTO HISTORICO "EL SOLDADO VALIENTE"

 

LA HISTORIA DEL VALIENTE PEDRO MASACRÓ

 

Hace muchos años vivía un soldado valiente y bueno llamado Pedro Mascaró.

Pedro era del pueblo de Estadilla y viajó en barco hasta una ciudad llamada Bona en Africa y cerca del mar.

Un día, Pedro y un amigo salieron al campo y subieron a un árbol a comer sus deliciosos con frutos dulces llamados azotainas. Desde allí vieron que estaban en peligro y no podían bajar. Entonces, Pedro recordó que era importante tener fe y confiar.

Pedro y su amigo rezaron con mucha devoción a la Virgen de Montserrat, y Pedro se sintió fuerte y valiente. Gracias a su fe y a su esfuerzo, pudieron volver sanos y salvos a la ciudad.

Más tarde, Pedro cumplió su promesa y fue a la virgen de Montserrat para dar las gracias y contar lo que le había sucedido.

Esta historia nos enseña que la valentía, la fe y la confianza nos ayudan en los momentos difíciles.





CUENTO HISTORICO " MIGUELÉ, EL PASTELERO MÁGICO "

 

MIGUELÉ, EL PASTELERO MÁGICO

 

Había una vez, en un pueblito llamado Estadilla, un pastelero muy especial llamado Miguelé. Desde niño, Miguelé sentía un amor enorme por los dulces. Todo comenzó en la casa Gambiasso, donde ayudaba a hacer bizcochos y merengues. Su corazón latía más rápido cada vez que veía el azúcar convertirse en algo delicioso.

Cuando Miguelé tenía trece años, viajó a la ciudad de Huesca para aprender a ser un gran pastelero, marcho luego a otro pueblo de Aragon y allí, entre harina y chocolate, Miguelé aprendió todos los secretos de los dulces y trabajó durante quince años, convirtiéndose en un verdadero maestro.

Pero Miguelé soñaba con regresar a su pueblo. Así que un día volvió a Estadilla y, con la ayuda de su padre, abrió su tienda y confitería en la Calle Mayor. Aunque el horno era grande y la tienda pequeña, ¡la magia estaba en sus manos! Miguelé no necesitaba recetas escritas; él recordaba cada pastel con el corazón.

Todos los días, Miguelé preparaba más de cuarenta dulces diferentes: Pasteles borrachos que bailaban en la boca, Merengues que flotaban como nubes, Lionesas de crema suaves y dulces, Yema, coco, huevo hilado, y los tradicionales esponjaus que alegraban a grandes y pequeños.

Miguelé siempre estaba acompañado por su mujer, su compañera de vida y dulces aventuras. Juntos endulzaban el pueblo con su cariño y sabor. Los habitantes de Estadilla esperaban cada mañana el aroma que salía del obrador, y los niños se acercaban con los ojos brillantes para elegir su pastel favorito.

Cada semana, Miguelé subía a la Carrodilla con su cesta de dulces y un vasito de moscatel, repartiendo sonrisas y alegría allá donde iba. Los pueblos cercanos también conocieron sus dulces mágicos, y todos decían que “los dulces de Miguelé tenían corazón”.

Pasaron los años, y Miguelé siguió trabajando con amor y dedicación, hasta que un día, después de cincuenta años endulzando vidas, se despidió de su tienda. Pero los habitantes de Estadilla sabían que Miguelé nunca se iría de verdad, porque cada pastel que comían llevaba un poquito de su magia, y su recuerdo permanecía en los corazones de todos.

Y así, la historia de Miguelé, el pastelero mágico, se contó de generación en generación, enseñando que el amor, la dedicación y un toque de azúcar pueden hacer feliz a todo un pueblo.




CUENTO HISTORICO "LA FUENTE DEL LAVADERO"

 

LA FUENTE DEL LAVADERO

Hace muchos, muchos años, en el pueblo de Estadilla, había una fuente muy especial: la Fuente del Lavadero.

De la fuente salían doce caños, pero no eran caños normales…eran doce cabezas de leones de piedra, por cuyas bocas salía agua fresca y limpia sin parar.

Esa agua servía para regar las huertas, dar de beber a los animales y llegar hasta el lavadero, donde los vecinos lavaban la ropa y charlaban.

La fuente tenía tres grandes arcos de piedra y llevaba allí desde hace muchísimo tiempo, cuidando al pueblo.

Gracias a sus leones de agua crecían verduras, olivos y árboles, y Estadilla estaba lleno de vida.

Los niños jugaban cerca, escuchando el sonido del agua de los leones, y los mayores cuidaban la fuente para que nunca dejara de manar.

Y aún hoy, la Fuente del Lavadero sigue allí, recordándonos que el agua es un tesoro y que hay que cuidar las cosas bonitas que nos regala el pasado.






CUENTO HISTORICO " CRISTINA CABRERA Y EL COLEGIO PARA LAS NIÑAS"

 

UN COLEGIO PARA LAS NIÑAS EN ESTADILLA

 

 

Hace muchos años, en el pueblo de Estadilla, vivía una mujer muy especial llamada Cristina Cabrera.

Cristina no era conocida por gritar ni mandar, sino por ser buena, tranquila y generosa.

Le gustaba ayudar, escuchar y pensar siempre en los demás.

Un día se dio cuenta de algo muy importante: muchas niñas no podían ir a la escuela y no tenían un lugar donde aprender.

Entonces Cristina Cabrera tuvo una gran idea: construir un colegio para niñas en Estadilla.

Con mucho esfuerzo y mucho cariño, ayudó a construir el colegio.

Allí las niñas aprendían a leer, a escribir, a contar y también a ser buenas personas.

Cristina se sentía feliz viendo a las niñas entrar cada mañana con sus libros, porque sabía que la educación podía cambiar sus vidas.

Y así, gracias a su forma de ser —bondadosa y generosa—,
Cristina Cabrera dejó un regalo que aún hoy se recuerda en el pueblo.

 



CUENTO HISTORICO "LA MONTIJA"

 

LA MONTIJA Y EL CUENTO DE TODOS LOS DÍAS

En una casa grande y un poco fría vivían unos niños que esperaban con ilusión la mejor hora del día. No era la hora del desayuno ni la de jugar…

Era la hora del cuento.

Todos los días, sin faltar ni uno, cuando el reloj marcaba la tarde y el fuego empezaba a chisporrotear, aparecía la Montija.

La Montija venía de un pueblo pequeño y bonito llamado Estadilla, donde los campos eran verdes y el aire olía a pan caliente. Tenía los ojos oscuros y brillantes como el café, una sonrisa enorme y una voz que sonaba como si cantara.

—¡Venga, niños! —decía—. Hoy toca cuento.

Y los niños corrían a sentarse cerca del calor, porque sabían que la Montija nunca repetía el mismo cuento, aunque siempre los contaba con el mismo amor.

A veces hablaba de bosques donde los árboles susurraban secretos.
Otras veces, de adivinanzas que hacían pensar:

—Verde en el campo, negro en casa… ¿qué es?

—¡El carbón! —gritaban los niños, dando palmadas.

Pero el cuento más especial era el que la Montija contaba todos los días, al final.

Era el cuento de la Virgen de la Carrodilla, la protectora de su pueblo.

—En Estadilla —decía la Montija bajito— hay una Virgen que cuida a la gente, a los campos y a los niños. Ella escucha a quien cuenta historias y protege a quien sabe compartirlas.

Los niños imaginaban a la Virgen sonriendo desde lo alto, cuidando a la Montija mientras caminaba por los caminos, y cuidándolos a ellos mientras escuchaban.

Cuando el cuento terminaba, nadie hablaba. No hacía falta.

Porque los cuentos de la Montija no solo se oían… se quedaban en el corazón.

Y así, día tras día, todos los días, la Montija siguió contando cuentos, hasta que los niños crecieron. Pero aun de mayores, cuando recordaban el calor del fuego y una voz dulce diciendo “Érase una vez…”, sabían que ese recuerdo venía de ella.

De la Montija,

de Estadilla,

y del cuento que nunca se olvidó.



 


CUENTO HISTORICO "EL NIÑO QUE QUERIA ENSEÑAR"

 

EL NIÑO QUE QUERÍA ENSEÑAR:

LA HISTORIA DE JOSÉ DE CALASANZ

 

Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Estadilla, un niño llamado José. Todos en el pueblo lo conocían como “El Santet”, porque siempre tenía una sonrisa amable y un corazón generoso. José amaba aprender, y cada día caminaba por las calles de piedra para llegar a la escuela, con sus libros y su gran curiosidad.

En la escuela, José no solo aprendía a leer y escribir, también aprendía a mirar a los demás con cariño. Vio a niños que no tenían juguetes, niños que no tenían suficiente comida, y algo comenzó a brillar dentro de él: quería ayudar y enseñar a todos, sin importar quiénes fueran.

Con el tiempo, José creció y decidió convertirse en sacerdote. Pero nunca olvidó a los niños de Estadilla ni las primeras lecciones que aprendió allí. Su sueño era que todos los niños pudieran aprender, sin pagar, porque sabía que el conocimiento es una luz que debe compartirse.

Así nació lo que hoy conocemos como las Escuelas Pías, donde niños de toda Europa podían estudiar y soñar con un futuro brillante. José enseñaba con alegría y paciencia, y cada día recordaba aquel primer lugar que lo inspiró: su querida Estadilla.

Aunque José ya no era un niño, siempre fue “El Santet” para los que lo conocieron. Y su legado sigue vivo, porque cada niño que aprende algo nuevo recuerda que hay alguien que creyó que todos los niños merecen una oportunidad para crecer.

Y así, gracias a un niño con corazón grande y amor por el saber, el mundo aprendió que enseñar es el regalo más hermoso que se puede dar.




 


CUENTO HISTORICO " UN LIBRO CON TESORO"

 

EL GRAN TESORO DE LOS CÓDICES PERDIDOS

 

Hace mucho, mucho tiempo, en un reino llamado Aragón, existían lugares llenos de secretos y maravillas: los monasterios. Allí, en habitaciones silenciosas y llenas de luz, se guardaban libros muy especiales llamados códices, que contenían historias, dibujos y secretos del pasado.

Pero un día, muchas personas vinieron a esos lugares y se llevaron los libros, dejando vacías las estanterías y tristes a quienes cuidaban aquel tesoro. ¡Los códices estaban en peligro de desaparecer para siempre!

En medio de todo este lío, apareció un joven valiente llamado Íñigo. Él tenía un corazón lleno de curiosidad y amor por la historia. Decidió que no podía permitir que los libros se perdieran. Así que, con su mochila, su lupa y muchas ganas de ayudar, emprendió una gran misión: recuperar los códices y protegerlos.

Íñigo viajó por pueblos y montañas, desde Estadilla hasta otros rincones del Alto Aragón, siempre buscando pistas sobre dónde se escondían los libros. Un día, encontró un códice muy especial, lleno de dibujos de castillos, montañas y aventuras de héroes antiguos. ¡Era como encontrar un cofre del tesoro!

Con cuidado y mucho cariño, Íñigo llevó los códices a un lugar seguro llamado Archivo Histórico Nacional, donde sabían cómo cuidarlos y protegerlos para que todos pudieran leerlos algún día. Gracias a él y a otros guardianes del pasado, las historias de Aragón, Francia y Navarra no se perdieron, y ahora todos podemos conocer la vida, los castillos y los héroes de aquellos tiempos.

Desde entonces, la gente recuerda que los libros y documentos antiguos son tesoros que debemos proteger, porque ellos guardan la memoria de quienes vivieron antes que nosotros. Y así, gracias al esfuerzo de Íñigo y su valentía, los códices continuaron contando sus historias… ¡y siguen haciéndolo hasta hoy!



 


CUENTO HISTORICO "LAS MANOS MAGICAS"

 

LAS MANOS MÁGICAS DE ESTADILLA

 

Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Estadilla, un lugar muy especial donde pasaban cosas mágicas: el taller de las zurcidoras. Allí, mujeres con manos muy hábiles podían hacer desaparecer los agujeros y roturas de las telas, dejando cada prenda tan bonita como nueva.

El taller abrió en 1963 gracias a personas que querían que todas las mujeres tuvieran trabajo y pudieran aprender un arte muy antiguo. Allí trabajaban hasta 32 mujeres, cada una con su delantal y sus hilos de colores, en la Escuela parroquial de zurcidoras.

Lo increíble era cómo lo hacían: no solo tapaban los desperfectos, sino que los convertían en algo perfecto. Los agujeros desaparecían y las telas volvían a brillar, como si la magia hubiera pasado por sus manos. Los niños del pueblo decían que sus dedos eran manos mágicas que arreglaban todo sin dejar rastro.

Aunque el dinero que ganaban no era mucho, su trabajo era muy valioso. No solo ayudaban a las familias, también enseñaban a todos que cada esfuerzo, cada hilo y cada detalle cuentan. Después de ocho años, el taller cerró, pero nadie olvidó a las zurcidoras: sus manos mágicas habían dejado un gran legado de arte, dedicación y orgullo en Estadilla.

Y así, los niños del pueblo crecieron escuchando las historias de las mujeres que podían convertir un agujero en algo perfecto, recordando siempre que el trabajo con amor y paciencia tiene magia propia




 

 


CUENTO HISTORICO " EL SECRETO DEL BARRANCO"

 

JOSÉ SARRAMONA Y EL SECRETO DEL BARRANCO

 

Hace muchos años, en el pueblo de Estadilla, vivía un campesino bueno y trabajador llamado José Sarramona.

Cada día, José cuidaba los huertos con paciencia y alegría. Cuando terminaba de trabajar, le gustaba pasear por su lugar preferido: el barranco de los Huertos, por donde corría tranquila el agua de la fuente de los Doce Caños.

En sus paseos nunca estaba solo. Le acompañaban los petirrojos, los ruiseñores, con su canto melodioso, y una ardilla roja que saltaba de árbol en árbol.

—Qué bonito es este lugar —decía José mientras escuchaba la naturaleza.

Un día, mientras caminaba, José notó un olor muy especial. No era fuerte ni desagradable, pero sí muy conocido.

—Este olor me resulta familiar… —pensó.

Siguió el camino guiado por su olfato hasta encontrar un manantial de aguas sulfurosas. El agua era clara y tranquila, sin burbujas ni vapor, pero aquel olor le recordó un sitio donde había estado tiempo atrás, un lugar donde esas aguas curaban enfermedades.

José comprendió que había descubierto algo importante. Volvió al pueblo y avisó a los vecinos y a los dueños del lugar. Todos se alegraron y decidieron construir allí un balneario.

Con el paso del tiempo, llegaron personas de muchos lugares:
de Aragón, de Cataluña e incluso de Madrid. Venían a bañarse en aquellas aguas y muchos se marchaban sintiéndose mejor y más felices. El balneario se convirtió en uno de los más visitados de la región.

Los años pasaron y, aunque el balneario ya no existe, el barranco sigue vivo. El agua continúa su camino entre las piedras y los árboles.

Ahora son los niños de Estadilla los que pasean por allí con sus padres, escuchando a los pájaros y observando a la ardilla roja correr entre las ramas.

Los petirrojos, los ruiseñores y la ardilla siguen allí… y aunque el balneario desapareció, todos ellos todavía recuerdan y echan de menos a José Sarramona, el campesino que supo escuchar a la naturaleza
y descubrir su secreto.

 



CUENTO HISTORICO "EL PASTOR DE ESTADILLA"

 

EL PASTOR DE ESTADILLA Y SU REBAÑO VIAJERO

 

Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Estadilla, un pastor muy valiente que cuidaba de sus ovejas y cabras con mucho amor. Su familia había sido pastores durante cuatro generaciones, y él había aprendido desde pequeño a caminar por los valles y montañas del Pirineo.

Cada amanecer, con el cayado en la mano, el pastor salía con su rebaño, recorriendo caminos donde el viento soplaba fuerte y la nieve a veces cubría las piedras. A pesar del frío y de las noches bajo el cielo estrellado, él nunca estaba solo, porque sus ovejas y cabras eran sus compañeras fieles.

—¡Vamos, pequeñas! —les decía—. Hoy descubriremos nuevos pastos.

El pastor conocía todos los secretos de la montaña: dónde encontrar la hierba más jugosa, cómo proteger a los animales de la lluvia y la nieve, y cómo escuchar los sonidos del viento para saber si venía tormenta. Cada paso era una lección, y cada día, una aventura.

Un día, mientras el rebaño subía por un valle empinado, un rayo cayó cerca y algunos animales se asustaron. Pero el pastor, con calma y cariño, los tranquilizó:

—No pasa nada, estamos juntos —les dijo—. Siempre cuidaremos unos de otros.

Con los años, su dedicación y esfuerzo fueron reconocidos. En una ceremonia especial le entregaron el “Cayado de Honor”, un bastón tallado a mano que simbolizaba la tradición de su oficio y la historia de generaciones de pastores.

—Este cayado es para ti, porque tu vida ha sido un regalo para la montaña y los animales —le dijeron.

El pastor sonrió y pensó en su abuelo, en sus padres y en sus hijos.

Sabía que, aunque el pastoreo hoy era más difícil que antes, la tradición no se perdería. Mientras él enseñara a cuidar el rebaño con amor, el espíritu de la trashumancia seguiría vivo.

Cada día, al amanecer, el pastor de Estadilla y su rebaño continuaban caminando por valles y montañas, con el corazón lleno de fuerza y esperanza. Y así, generación tras generación, la montaña y los animales siempre tendrían un amigo fiel.




 


miércoles, 18 de febrero de 2026

CUENTO HISTORICO " EL MAESTRO QUE NO COBRABA "

 

CUENTO HISTORICO

EL MAESTRO QUE NO COBRABA

 

En un pequeño pueblo llamado Estadilla, entre montañas y campos verdes, vivía un hombre muy especial: el maestro Tomás. Cada día, con su pizarra y su tiza, enseñaba a los niños a leer, a escribir y a descubrir cosas nuevas del mundo.

Pero había un problema: el maestro Tomás no recibía su sueldo. Aunque trabajaba con alegría y dedicación, el dinero que debía recibir del Ayuntamiento nunca llegaba a sus manos.

Al principio, Tomás pensó que podía esperar. “Paciencia”, se decía, “lo importante es que los niños aprendan”. Pero los días pasaron y el dinero seguía sin llegar. Entonces, con tristeza, decidió irse a buscar cómo vivir mientras su sueldo se arreglaba.

El pueblo quedó muy silencioso. Los niños extrañaban al maestro, y el aula estaba vacía. Los padres se preocuparon y hablaron con el alcalde, que era quien debía asegurarse de que los maestros recibieran su pago.

El alcalde revisó los fondos del Ayuntamiento y se dio cuenta de que había dinero suficiente para pagarle a Tomás. Llamó a un delegado desde Huesca y juntos organizaron todo para que el maestro recibiera lo que le correspondía.

En pocos días, el maestro Tomás regresó al pueblo, con su sonrisa y sus libros bajo el brazo. Los niños aplaudieron y corrieron a abrazarlo, felices de tenerlo de nuevo enseñando.

Desde ese día, todos en Estadilla aprendieron algo muy importante: los maestros merecen respeto y su trabajo debe ser valorado. Y el maestro Tomás siguió enseñando, con alegría y con el corazón lleno de amor por sus alumnos.



 


jueves, 12 de febrero de 2026

EL MILAGRO DE UN ESTADILLANO



 


EL MILAGRO DE LA MULA EN ECUADOR


    El padre Matías Buil, natural de Estadilla, ejercía como párroco en la localidad de Pan, en Ecuador. La gente del lugar lo tenía por un hombre santo, de vida sencilla y profunda fe. Decían que allí por donde pasaba dejaba huellas invisibles, hechas de consuelo y caridad.

    En los campos cercanos vivía una mujer de antiguo linaje, alta y distinguida, que con el paso de los años había visto desaparecer su fortuna, su familia y sus criados. Nunca se casó y terminó quedándose sola, acompañada únicamente por una mula que se volvió el sostén de su vida. Con ella viajaba a sus pequeñas tierras, hacía compras, visitaba conocidos y, sobre todo, acudía cada domingo a misa en Pan.

Aquel día, como de costumbre, la mujer llegó al pueblo montada en su inseparable compañera. Al desmontar frente a la posada donde solía alojarse, la mula se agitó de pronto, dio un último resuello y cayó muerta. La mujer se arrojó sobre el animal, lo abrazó entre lágrimas y gritó desesperada que había perdido el apoyo de su vejez. La impresión fue tan grande que cayó desmayada.

    Al ver la escena, fueron a buscar al padre Matías Buil con urgencia. Él acudió de inmediato. Cuando se disponía a asistir a la mujer, ella recobró el sentido y, con voz angustiada, le suplicó que no pensara en ella, sino en la mula, pues sin el animal no deseaba seguir viviendo. Los presentes confirmaron que la mula estaba muerta y rogaron al sacerdote que intercediera.

    El padre suspiró con humildad y dijo que haría solo lo que Dios permitiera. Invitó a rezar con fe, pidió un trozo de panela y dio la bendición. Entonces, ante el asombro de todos, la mula abrió los ojos. El padre se inclinó, le mostró la panela y le habló con sencillez. Poco después, el animal se puso en pie, vivo nuevamente.

    La mujer abrazó a su mula llorando de alegría. El padre, con una sonrisa discreta, comentó en voz baja que aquella escena parecía sacada de una antigua historia de caballería, y pidió que tanto la mujer como el animal fueran atendidos con alimento y descanso.

    Después de la misa, la mujer se acercó al padre Matías Buil, le agradeció profundamente y le contó las dificultades de su vida. Desde entonces, se supo que el sacerdote la ayudó siempre con caridad discreta, sin alardes, como quien entiende que los verdaderos milagros no siempre terminan cuando el prodigio ocurre, sino cuando comienza la compasión.

    Así quedó grabada en Pan la historia de la mujer y su mula, y el recuerdo de un sacerdote venido de Estadilla, cuya fe sencilla dejó una huella imborrable

miércoles, 11 de febrero de 2026

MIGUELE EL PASTELERO

 

        Ahora hace 10 años que la revista Buñero de Estadilla publicó, en el año 2016, un artículo de nuestra amiga María Jesús Cera. En él, hablaba de su padre y de nuestro pastelero. La mejor descripción de Miguelé, su padre, la hizo ella misma.

        Muchos de nosotros, cuando vamos a ver su casa y nos quedamos maravillados de su patio, su escalera, sus escudos y su tienda, no nos damos cuenta del patrimonio humano que esconde ese lugar.

        Quiero que este artículo, recuperado de la revista Buñero, nos haga sentir, la próxima vez que visitemos ese lugar, la esencia del sitio y nos invite a buscar en el ambiente ese aroma a pastelería llena de dulces.

        Animo a todos a recordar a Miguelé cuando estemos allí y a no olvidarnos de que el patrimonio auténtico lo hacen personas como Miguelé y su hija María Jesús


A Miguelé, "Un dulce recuerdo"

El último pastelero


Mª Jesús Cera

Hacía mucho tiempo que deseaba escribir un relato sobre la persona entrañable de mi padre, Miguel Cera, conocido como "Miguelé el pastelero", pero ha sido en este verano de 2015 cuando, al oír una conversación de unas personas, hijas del pueblo y que residen hace muchos años fuera, me he decidido a publicarlo.

En una de las noches calurosas que hemos sufrido este verano, mientras yo tomaba el fresco en el balcón de nuestra casa, unas señoras se retiraban a descansar en compañía de un vecino del pueblo e iban hablando de los cambios que con los años había experimentado el municipio, en concreto la calle Mayor: Aqui vivía tal familia, aquí tal otra, y al llegar a la puerta de casa, decían: Esta era la tienda de Miguelé. ¿Te acuerdas qué ricos pasteles y dulces hacia? Yo, de verdad, me emocioné y mucho por el hecho de que después de 40 o 50 años se acordaran de él personas que hacía mucho tiempo que ya no residían aquí.

Nació en la villa de Fonz en el año 1903, pues su madre, Carmen, era de allí. Con solo 3 meses sus padres vinieron a vivir a Estadilla, donde se crio y vivió sus primeros años. Era el segundo de 8 hermanos. Su padre era un excelente albañil del que aún quedan muchas y hermosas obras y por eso es muy extraño que no le enseñara su oficio.

Yo supe por él y por mis tías que de muy jovencito ya iba a "Casa Gambiaso" y aprendió a hacer bizcochos y algunas otras cosas. Cuando tenía entre 13 y 14 años lo llevaron a Huesca para ser aprendiz en una afamada pastelería, donde no estuvo mucho tiempo.

Un hermano de su padre, el tío Nicolás, que trabajaba de contratista de obras en Ejea de los Caballeros, lo colocó en una afamada pastelería llamada Casa Cía, para ser aprendiz. Allí estuvo 15 años y se hizo un hombre de bien y un excelente pastelero.

A la edad de 29 años, su padre Miguel le montó aquí en Estadilla un obrador con horno y despacho de estupendos productos y una tienda de comestibles, que también llevaban mis tías; y más tarde, cuando formó su familia, fue mi madre quien le ayudó en el negocio.

Tenía más de 40 especialidades que durante todo el año y según la época sacaba a la venta. Si los mayores, que ya somos mayoría, lo recuerdan, lo primero que te nombrarán serán los pasteles "borrachos" y los merengues; después las lionesas de crema (con nata no trabajaba), los pasteles de yema, los de coco, las tartas, las arras, el huevo hilado, los turrones de yema, de frutas y de guirlache, las tortas imperiales, los bizcochos, los melindros, frutas escarchadas, caramelos, sequillos, "esponjaus" o azucarillos, fondant de chocolate, para hacer las yemas de coco y de turrón de jijona, mantecados, bizcocho glaseado, toda clase de pastas de té, tartas y cocos al horno, etc. etc.


Aparte de todas sus cualidades, una cosa muy extraña es que no tenía ninguna receta anotada, pues nunca encontramos nada escrito, todo lo tenía en su cabeza. En casa no nos enseñó nada, ni tenemos ningún "secreto" anotado. Si que tengo que decir que a varias personas les había dejado testimonio de su saber, con algunas recetas que le pedían. En concreto a una vecina muy querida le enseñó a hacer carne de membrillo que ella tiene anotada como del siño Miguelé. Toda su producción era artesana con productos de primera calidad, hecho todo a mano y jamás empleó aditivos, ni conservantes ni colorantes.

No solo era en Estadilla donde conocían sus dulces, muchos pueblos del entorno degustaban sus especialidades, pues todos los años subiamos en el Viernes de Dolores a la romería de la Carrodilla, donde ponía a la venta la mercancía que hacia para la ocasión y que con un vasito de manzanilla o moscatel pasaba de maravilla





Cuando yo era muy jovencita, recuerdo que le encargaron para una boda de Estada las arras que, según la costumbre, llevaban los novios a la iglesia, y como cosa curiosa diré que se las llevaron andando por la costera la Fuente y la Canaleta la hermana del novio y la de la novia.

Las últimas arras que hizo aquí fueron para una boda en el año 1968, para una persona muy querida a la que se las había prometido y que fueron su regalo de boda.

Cuando llegaban las fiestas era él quien se encargaba de hacer los dulces para la ronda a las autoridades, pues la víspera subían a la Plaza Mayor toda la junta directiva de la sociedad L ‘Aurora a rondar y cantar jotas a todas las autoridades, y después eran invitados a tomar unos buenos vinos y sus "pastas finas" en el salón del ayuntamiento. Un recuerdo muy entrañable que tengo es verlo en la puerta de la tienda, con su oronda figura y su delantal blanco mientras le dedicaban una jota rondadora. El cantador de Santa Lecina le hizo esta que reproduzco a continuación y que encontramos anotada en un papel en el cajón de su escritorio:

Ya está Miguelé en la calle

después de endulzar al pueblo.

Por muchos años deseo

que así lo sigas haciendo.






Cuando falleció en marzo del año 1981, hacía casi tres años que había dejado su actividad y cerrado su negocio, después de cincuenta años sin cerrar la puerta al público ninguno de los días del año.

Después de pensarlo mucho y de pedirme muchas personas que lo hiciera, espero con este relato poder hacerle un pequeño homenaje y un recuerdo muy querido a la persona de mi padre, que tantos años endulzó y dio alegría a este precioso lugar llamado Estadilla.


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LETRA

Miguelé el pastelero

en Estadilla creció,

entre aromas de merengues

su camino comenzó.

De Fonz vino siendo niño,

y en el pueblo se quedó,

hijo de un gran albañil

que hermosas obras dejó.

 

En casa de Gambiasso

los dulces descubrió,

el arte de hacer bizcochos

su corazón lo adoptó.

Y con apenas trece años

la vida lo encaminó

a la ciudad de Huesca,

donde maestro se formó.

 

Quince años en Casa Cía,

trabajo, esfuerzo y sudor;

entre masas y merengues

forjó nombre y vocación.

Aprendió a ser pastelero,

pero también a ser mejor,

con manos llenas de oficio

y un corazón trabajador.

 

Ya está Miguelé en la calle,

después de endulzar al pueblo,

por muchos años deseo,

que así lo sigas haciendo.

 

Regresó a su Estadilla

con ilusión y ambición,

y su padre, buen maestro,

el obrador le montó.

Horno grande, tienda estrecha,

pero llena de sabor,

donde cada madrugada

Miguelé ponía el sol.

 

Su mujer fue compañera,

su apoyo y su inspiración,

en la tienda y en la vida

siempre a su lado quedó.

Él sin recetas escritas,

todo en la mente guardó,

que los genios de verdad

escriben con el corazón.

 

Cuarenta especialidades

la comarca disfrutó:

lionesas de crema fina,

pasteles borrachos, ¡qué don!

Yema dulce, coco tierno,

arras y huevo hilado,

y aquellos buenos esponjaus

que el alma habían alegrado.

 

Ya está Miguelé en la calle,

después de endulzar al pueblo,

por muchos años deseo,

que así lo sigas haciendo.

 

A la Carrodilla subía

con los dulces del fervor,

y un vasito de moscatel

que servía de bendición.

Los pueblos del contorno

esperaban con amor

que llegara Miguelé

con su cesta y su sabor.

 

En la puerta de su tienda

la rondalla lo encontró,

delantal blanco y sonrisa

que a todos nos cautivó.

Y la copla que le hacían,

entre guitarras y voz,

todavía en Estadilla

resuena con emoción.

 

Ya está Miguelé en la calle,

después de endulzar al pueblo,

por muchos años deseo,

que así lo sigas haciendo.

 

Cincuenta años entregado,

servicio, arte y devoción;

hoy el último pastelero

de aquel tiempo se marchó.

Pero en cada dulce tierno

su recuerdo se quedó,

y en el alma de su pueblo

Miguelé nunca murió.

 

Ya está Miguelé en la calle,

después de endulzar al pueblo,

por muchos años deseo,

que así lo sigas haciendo