Recuerdos del campanario
LAS AGUEDAS Y EL CAMPANARIO
Hace muchos años, en aquel pueblo, existía una tradición muy especial por Santa Águeda. Las mujeres que iban a cobrar por las casas eran valientes: subían al campanario a tocar las campanas, mientras las niñas del colegio las miraban fascinadas desde abajo.
Cuando las niñas salían de clase, corrían directas al campanario, porque sabían que allí estaban las mujeres tocando la campana de los mortijuelos. Esa campana, la más antigua y pesada, se hacía sonar tirando de una cuerda, y con paciencia, las mujeres dejaban que ellas también la tocaran. Era un honor, y al mismo tiempo, un pequeño desafío.
Una niña de unos once o doce años recuerda la primera vez que subió al campanario con sus amigas. El corazón le latía con fuerza: el último tramo de escaleras era de madera y estaba muy deteriorado. Mirar hacia abajo suponía un verdadero reto, y el miedo se mezclaba con la emoción. Subía a veces con su tía, que era muy atrevida y la animaba a seguir, aunque las escaleras imponían respeto.
Antes, las mujeres pasaban por las casas cobrando montadas en un burro adornado con cintas y campanillas. Muchos recuerdos se acumulan en aquel campanario: cada tabla de madera, cada campana, cada cuerda que las niñas tiraban con cuidado.
La niña también subía gracias a la amistad con Ascensión, la hija del campanero. Había un tramo sin pasamanos, solo la pared a la que había que agarrarse. Mirar hacia abajo era un vértigo que hacía sentir pequeñas y valientes a la vez. Eran inconscientes, niñas con poca cabeza, pero llenas de aventuras y de risas.
Hoy, aquel campanario ya no existe. Hay uno nuevo, más seguro, y las mujeres ya no suben a tocar las campanas. Sin embargo, aquellas niñas que subían al campanario son hoy mujeres que todavía conservan en la memoria el recuerdo de cuando sonaban las campanas y la emoción de aquel lugar.
Imagen: idea original del autor, ilustración desarrollada con ayuda de ChatGPT.


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